
Foto cortesía de phpbb
Siempre que alcance el nombre infamoso del Padre Dámaso Verdolangas, está en la memoria la imagen de un fraile gordo, con poco pelo, y con una voz aterrador. Obviamente, esto es la idea que Carlos Celdrán y sus cohortes tienen sobre el dicho carácter en la novela Noli Me Tangere de José Rizal.
¿Pero así es? ¿Cómo describió Rizal a su villano fraile?
Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho y gesticulaba más. A pesar de que sus cabellos empezaban a encanecer, parecía conservarse bien su robusta naturaleza. Sus correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas quijadas y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano disfrazado, y sin quererlo, os acordareis de uno de aquellos tres monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el Equinoccio de Septiembre, allá en Tyrol, pasaban a media noche en barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero una moneda de plata, como el hielo fría, que le dejaba lleno de espanto. Sin embargo, Fr. Dámaso no era misterioso como aquellos; era alegre y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre que jamás se ha mordido la lengua, que cree santo e inmejorable cuanto dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresión, y hasta se veía uno obligado a perdonarle el enseñar en la sala unos pies sin calcetines y unas piernas velludas que harían la fortuna de un Mendieta en las ferias de Quiapò.
—Capítulo 1: Una Reunión—
A veces, las traducciones pueden ser muy estúpidas, tan estúpida como las mentes de Celdrán y sus seguidores ciegos. Nuestra falsa imagen del Padre Dámaso debe existir solamente en la imagen del cuerpo desequilibrado de Celdrán.

